Si por la ley se obtuviera la justicia, Cristo habría muerto en vano... sin embargo, el hombre no se justifica por las obras de la ley sino por la fe en Jesucristo (v. 16) quien, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros (Rm 5, 8), liberándonos así del pecado y de la muerte (Rm 8, 2).
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