El texto da a conocer el culto de los Isrraelitas que consistia en el sacrificio de animales sin defecto, realizado por un sacerdote como ofrenda al señor para la purificación y el perdón de los pecados (Num 19,2-10), pero que ahora se da en Cristo él cual es presentado como sumo sacerdote que manifesta la eficacia de este sacrificio, pues él mismo se ofreció penetrando para siempre en el santuario, logrando así la redención eterna y la purificación de nuestras conciencias de toda obra muerta.
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